Cuatro días antes de cumplir veinte años, justo después de recibir un regalo que no era lo que ella esperaba, Sara intentó suicidarse nuevamente; esta vez se dejó caer desde una tercera planta y, al igual que sucedió en ocasiones anteriores, en las que lo había intentado desde la primera planta y meses después desde la segunda, al caer al suelo se levantó lo más dignamente posible, se sacudió el polvo y siguió caminando mientras maldecía su mala suerte y poco tino con las precipitaciones al vacío. A Sara, cuando algo le disgustaba, le daba por intentar suicidarse. Eso en el mejor de los casos.
Sara se sentía desgraciada, por más que intentaba relacionarse con la gente no lo conseguía. Siempre quiso formar parte de la sociedad, o suciedad, como a ella le gustaba decir; en definitiva, ser una más. Quizá la falta de un verdadero amigo era lo que a Sara le hacía sentirse incompleta; necesitaba poder confiar en alguien, y que ése alguien a su vez depositase en ella su plena confianza. Creció viendo la televisión, buscando en mil películas, series y concursos la complicidad, el cariño y la confianza plena que tanto le costaba conseguir en la vida real. Esa era su vida, una eterna búsqueda. La primera vez que intentó suicidarse lo hizo tímidamente, sin demasiada convicción, por eso se arrojó desde la primera planta y tan sólo pudo obtener el dudoso honor de protagonizar la tercera página del periódico en el que colaboraba escribiendo esquelas. Realmente Sara no deseaba morir quizá, como mucho, llamar la atención de alguien que, de momento y para su desgracia, no existía en su entorno. En su día probó fortuna con su madre, cosa normal para cualquier hija de vecina, pero su madre no era cualquier madre de vecina. Vivía pariendo hambre, angustia y remordimiento desde que conoció al que hoy era el padre de Sara. Y era de eso, precisamente de eso, de lo que ella intentaba escapar a toda velocidad.
Como cada vez que la chica intentaba suicidarse lo hacía saltando desde una planta de mayor altura, y la siguiente que tocaba era una cuarta planta... probablemente definitiva, a sus padres, ante el riesgo de que la niña se quedase sin edificio y finalmente lograse su objetivo, les pareció buena idea llevarla a la consulta del Doctor Baselga, un Psiquiatra conocido en el pueblo por su buen hacer con pacientes de impulsos raros. Ese era el nombre con el que en el pueblo se conocían a sus pacientes: Los de los impulsos raros. Y vaya, Sara era un rato rara e impulsiva, la verdad.
Dicho y hecho. Dos días después de su último intento, y dos días antes de cumplir los veinte, Sara acudió a la consulta del psiquiatra. El Doctor Baselga pasaba consulta en un viejo edificio de cuatro plantas situado a las afueras del pueblo, cerca de la gasolinera en donde trabajaba el padre de Sara.
Sara aparcó su escarabajo, como casi siempre torcido y con medio culo fuera. Antes de bajarse del coche se miró en el espejo retrovisor, se mojó los labios, se atusó el pelo y guiñó uno de sus ojos. Era algo habitual en ella; una especie de rutina que le insuflaba las fuerzas necesarias para enfrentarse a la cruda realidad que le rodeaba y esperaba, escondida en el asfalto, lista para darle un zarpazo más.
Al parecer, esa mañana la clínica estaba de moda. Parecía un vagón de metro en hora punta. Sara pasó a la sala de espera y, mientras permanecía de pie e inmóvil, con la profundidad de sus ojos radiografió a cada uno de los allí presentes. Gente rara a simple vista; es decir, nada raro.
Una joven sentada al fondo de la salita apartó su bolso del único sitio libre que allí quedaba y, con un gesto inequívoco, invitó a Sara a sentarse a su lado. Ésta sonrió agradecida y caminó lentamente hacia la silla vacía.
- Hola, me llamo Lucía - Encantada, yo soy Sara. Gracias por el sitio. - Esta noche voy a dar una vuelta en coche con Daniela, una amiga mía que es argentina. Si quieres puedes venir con nosotras. - Bueno, no sé qué haré esta noche -dijo Sara sorprendida ante el ofrecimiento. - Te vienes con nosotras, es lo que te estoy diciendo. - Ahh
Pasaron unos segundos de tensa espera en los que Sara cruzó y descruzó cuatro veces sus piernas. Volvió a mojarse los labios y a atusarse el pelo y, finalmente y para no variar, guiñó al aire nuevamente uno de sus ojos, esta vez el izquierdo, que en eso no había rutina establecida.
- Yo estoy aquí porque mis padres dicen que soy ninfómana. ¿Sabes lo que es ser una ninfómana? -preguntó la joven. - Sinceramente, no. Pero no suena muy preocupante. - Yo tampoco, ni me importa. A mí lo que realmente me gusta es follar. Claro, normal vaya. -musitó Sara, sorprendida nuevamente por la franqueza de la chica. - ¿Y tú qué eres? Es decir, ¿por qué estás aquí? - Porque mis padres temen que me quede sin edificio. Es una larga historia.
Los minutos fueron pasando y llegó el turno de Sara. Después de dejarle su número de teléfono a Lucía, se despidió de ella con dos besos. No es que Sara fuese dejando su número de móvil a cualquier desconocido, pero su necesidad primaria le hizo probar suerte con aquella, por el momento, completa y extraña desconocida.
La conversación descolocó un poco a Sara, pero rápidamente se rehizo y acabó cómodamente sentada enfrente del Doctor Baselga, en una vetusta butaca de cuero rojo.
Nada nuevo, el Doctor le mostró a Sara unos dibujos abstractos. Ella iba comentando sus primeras impresiones ante los mismos; justo de la misma manera que había visto en diferentes películas. Después de eso, Sara respondió una a una a todas las preguntas que el Doctor le iba formulando hasta que, harta de todo aquello y de malas maneras, se despidió del Psiquiatra alegando motivos impersonales.
Nunca volvió a la consulta, Sara se sabía rara pero jamás contempló la necesidad de pedir ayuda; más bien es algo que hizo, como siempre, por agradar a sus padres y no por ella misma. Pero sí volvió a saber de Lucía. Cuatro días más tarde recibió una llamada de teléfono, era ella invitándola a dar una vuelta en coche. Así, sin más. El plan, para cualquier persona en otra situación, no era muy prometedor. Para Sara sí lo era, su búsqueda incesante tomaba nuevamente forma en la persona de Lucía.
Se puso guapa, o al menos lo intentó, y bajó a la calle. Caminó despacio, planteándose la conveniencia de haberse calzado los taconazos que su madre le regaló para la boda de su prima Adela, y llegó al punto de encuentro. Lucía ni se bajó del coche. Asomando la cabeza por la ventanilla le dio un grito a Sara para que subiera al coche, y ésta lo hizo sin pensárselo dos veces. Una vez ubicada en el asiento del copiloto, Lucía le presentó a Daniela, la joven argentina de la que le había hablado el día que se conocieron.
Durante el trayecto apenas charlaron. Sara encendió un cigarrillo rubio intentando ocuparse en algo y consiguiendo aplacar los nervios que ya asomaban una vez más. Mecánicamente cruzó y descruzó sus piernas, se atusó el pelo mientras mordía sus labios y, cómo no, guiñó uno de sus ojos. Gracias a Dios, de momento nada le disgustaba.
- ¿Dónde vamos? -preguntó Sara. - Vamos al trastero, a darle a la mano -contestó Daniela dejando su acento argentino al descubierto por primera vez- Seguro que te gusta.
Sara enmudeció. No entendía aquello de ir al trastero, y mucho menos aquello de darle a la mano. Miró fijamente a Lucía buscando una respuesta pero no la obtuvo. Pasados unos minutos en los que Lucía condujo a gran velocidad, se adentraron en una especie de descampado a espaldas del polideportivo del pueblo; la zona era de difícil acceso, estaba poco iluminada y llena de coches aparcados. Era un picadero, el típico sitio en donde las parejas de jóvenes sacian sus instintos más primarios.
Al acercase a los vehículos aparcados, Lucía apagó las luces de su coche y prosiguió la marcha unos segundos más. Cuando estaba a unos quince metros paró en seco, puso el freno de mano y apagó el motor.
- Hoy parece que hemos tenido suerte. Mirad a esa pareja, creo que la chica le está haciendo una mamada -dijo sonriendo Lucía.
No se habló más. Lucía echó su asiento hacia atrás, se desabrochó rápidamente los botones de su pantalón y escondió su mano por debajo de las bragas. Sara, estupefacta, no supo o no quiso reaccionar. En el asiento trasero, Daniela ya se había subido la falda y bajado el tanga hasta las rodillas. Arqueando la espalda para ver lo que sucedía en el otro coche, con suma delicadeza, sin ningún rubor ni prisa, acomodó uno de sus dedos sobre su clítoris. La situación era nueva para Sara. Sexualmente era activa, a pesar de lo joven que era ya había tenido relaciones sexuales con varios hombres pero, la verdad, todo aquello era inevitablemente confuso para ella.
- Tú también puedes tocarte si quieres, Sara. dijo Lucía sin mirarle a la cara y con gesto serio.
Y Sara lo hizo. Quizá en ese preciso instante no lo deseaba, pero lo hizo. La escena era incómoda pero también muy morbosa. Las palabras de Lucía fueron como un chispazo que desencadenó la secuencia que llevó a Sara al orgasmo más placentero de su corta historia sexual. El eco de los jadeos de Daniela golpeaba los oídos de Sara. La joven argentina se había abierto completamente de piernas, estaba ella tan abierta que sus bragas, tensadas aún en sus rodillas, parecía que iban a saltar en mil pedazos llenándolo todo de vicio. Sara no se lo pensó dos veces, con rapidez se subió la falda al igual que minutos antes lo había hecho Daniela, separó sus piernas y dejándose hundir en el asiento clavó sus tacones en el parabrisas. Dulcemente hundió uno de sus dedos en un coño por el que ya asomaban los primeros síntomas del deseo. Poco a poco, sin prisa alguna, los jadeos de las jóvenes fueron cubriendo los cristales del coche de un vaho lascivo y delator.
A Lucía, liberada por fin, le faltaban manos para tocarse. Una de ellas tenía claro a qué debía dedicarse, pero con la otra no sabía muy bien qué hacer; tan pronto acariciaba uno de sus pechos como lo abandonaba para poder morderse los dedos. Y ojos, también le faltaban ojos. A veces se deleitaba imaginando la mamada que aquella desconocida le regalaba a aquel hombre, hundía sus ojos en ese vehículo y se excitaba viendo el balanceo fálico de la cabeza de aquella desconocida. Pero claro, también disfrutaba espiando a Daniela por el espejo retrovisor, viendo cómo aquella muchacha argentina se retorcía de placer mientras se penetraba con los dedos, imaginando que eran los suyos los que recorrían aquel cuerpo sudoroso y tembloroso. Sara, inconscientemente, se aferró al tanga de Daniela hasta dejarlo en sus tobillos, y así, mientras seguía tocándose y viendo como ella hacía lo propio, pudo contemplar el sexo depilado y brillante de la muchacha. Aquel sexo le atraía, era una especie de imán del que no podía escapar. Estrujó con fuerza el tanga de Daniela y hundió dos de sus dedos en lo más profundo de su ser. También, imposible evitarlo, alguna vez dejaba que sus ojos girasen a su izquierda para vigilar los movimientos de Lucía. Aquella chica era puro vicio, se masturbaba ansiosa con las dos manos sin dejar de retorcerse en el asiento. Eran tres los dedos que introducía en su coño, siempre con los ojos cerrados, con la boca abierta y jadeando sin cesar, presa de su enfermedad; concentrada al máximo. Su imagen trastornaba a Sara, como hubiese trastornado a cualquier ser humano que, al igual que ella, la tuviese al alcance de la mano.
Por aquel entonces Sara había perdido todo rubor. Es probable que más tarde lo encontrase en la guantera del coche, pero en ese preciso instante era imposible localizarlo. Sus tacones, debido al vaho, patinaban en el parabrisas cada vez que hundía los dedos en su coño. Lo hacía con fuerza, imaginándose follada y acorralada por mil pollas. Los gemidos de las tres jóvenes se entremezclaban al igual que sus miradas se cruzaban. Curiosamente ninguna rozó a otra. A Sara ganas no le faltaban pero, al ver que sus dos nuevas amigas se centraban en sí mismas, ella decidió hacer lo mismo y respetar lo que entendió como unas reglas no escritas del juego.
Cada una se masturbaba de una manera diferente, Lucía aprisionaba uno de sus pezones y hundía tres de sus dedos en su sexo y los dejaba quietos. Era ella misma quien se daba placer con el movimiento de sus caderas. Daniela, en cambio, disfrutaba pajeándose al más puro estilo varonil. Juntaba dos de sus dedos y los metía y los sacaba rápidamente, aquel mete-saca incansable era lo que verdaderamente a ella le satisfacía. Sara comprendió que lo que a ella realmente le excitaba era la visión de aquellas dos chicas masturbándose. No lo dudó un instante. Abrió la puerta del coche y, a pesar del frío que helaba la noche, salió fuera. En ningún momento dejó de tocarse el coño, pero esta vez lo hizo olvidándose del otro coche y centrándose en lo que acontecía en el de Lucía. Arrimó su cara a los cristales y, mientras veía como Lucía y Daniela se acariciaban, empezó a gozar como nunca antes lo había hecho observando el placer que transitaba por el interior de aquel coche.
Había descubierto que le gustaba mirar, y también descubrió que le gustaba sentirse observada; era plenamente consciente de que desde los otros coches aparcados bien podría ser vista, pero, lejos de incomodarle la situación, aquello se convirtió en un acicate más para su excitación. Imaginándose vista empezó a contonearse ofreciendo un espectáculo gratuito y único. Sara movía el culo. Lo movía como si la estuviesen follando desde atrás. Y mientras lo movía y pellizcaba no dejó de acariciarse el coño. Sacó su lengua y la pego al cristal más próximo a Daniela, chupándolo sin descanso, imaginando que era ese coño argentino lo que mamaba. Ésta, al ver como Sara lamía la ventanilla, se giró hacia ella y empezó a imitarla. Las dos jóvenes se amaron en silencio, abusando del sentido de la vista y sintiéndose más deseadas que nunca. Sara se excitó aún más viendo la lengua de Daniela, deseaba meterse dentro y chuparla entera; quería chupar y ser chupada pero, a pesar de su deseo, permaneció fuera contoneándose como una gata en celo. En el asiento delantero, Lucía alcanzaba su orgasmo viendo como la joven del otro coche seguía chupándole la polla al feliz conductor. Tensó sus piernas, mordisqueó sus labios, apretó sus ojos y bajó la mirada al sentir el escalofrío del orgasmo en su cuerpo. Sara y Daniela continuaron mirándose y sacándose la lengua hasta que ambas, y casi al mismo tiempo, se corrieron chupando un aire que sonreía satisfecho ante semejante espectáculo.
Aquella experiencia marcó a Sara. Daniela y Lucía cautivaron su mente. La naturalidad con la que todo había surgido y el hecho de sentirse bien consigo misma, hicieron que en los meses siguientes Sara no se separase de sus dos nuevas amigas. Ahora, por fin, se sentía parte de un todo, y no un todo de una única parte como hasta ahora.
Sara se vio envuelta en la vorágine sexual que acompañaba a Lucía. Nunca se preguntó si aquello estaba bien o mal; tan sólo lo disfrutaba. Lucía y Daniela habían conseguido que Sara subiese en su noria sexual, que iba a todas partes y no venía a ninguna. Subía y bajaba sin detenerse en un viaje para el que no hacía falta billete. Poco a poco fue alejándose de sus padres y encontrando en aquellas dos jóvenes lo que sería su nueva familia. Tuvo el detalle de dejar encendida la televisión de su cuarto, pensando que, de ese modo, sus padres no la echarían en falta; así fue. A Sara le hubiese gustado que sus padres notasen su ausencia pero, tras comprobar que no era así e instalarse en la casa que compartían Lucía y Daniela, fue espaciando en el tiempo las visitas al hogar familiar. Era duro asumirlo, pero sus padres seguramente agradecían ese espacio.
Durante los siguientes meses la relación de las jóvenes se fue afianzando. Sara, intencionadamente, aceptó encantada el papel de protectora. Cuidaba de ellas, se preocupaba más por su bienestar que por el suyo propio; probablemente ejercía de la madre que siempre quiso y nunca tuvo. Y así era feliz, gracias a Dios, tras muchos años de búsqueda, había encontrado su sitio.
Con la joven argentina, Sara nunca llegó a intimar tanto como con Lucía. Ella era su ojito derecho; se desvivía por ella. Y Lucía, a pesar del poco tiempo libre que su enfermedad le dejaba, aprovechaba cualquier instante para agradecerle a Sara sus mimos. Muchas noches se hacían de día a la luz de cuatro velas que iluminaban cualquier rincón de la casa en donde se confesaban sueños, pesadillas, miedos, alegrías y, sobre todo, planes de futuro conjuntos. Esos planes eran el combustible que alimentaba a Sara, y esos mismos planes, ante la falta de otros, eran a su vez los que retenían a Lucía...
Sexo a secas o a mojadas. Cálido o helador, puro o sucio, lento, lascivo, cansino, brutal o dulce. Daba igual. Lucía, por vicio o necesidad, follaba a diario y lo hacía para sentirse viva. Sara, atenta a todo y ordenada como pocas, le hizo un cuadrante semanal. Una especie de dieta sexual que lograse satisfacer las necesidades de su amiga. Los lunes, por ser el primer día de la semana, Lucía debía de salir a la calle y engatusar al primer hombre con el que se cruzase, muchas veces no le fue necesario salir del edificio y fue algún vecino despistado o el cartero el que acabó entre sus sábanas; daba igual si éste era atractivo o no, el hecho de no saber qué tipo de personaje acabaría esa noche en su cama, le otorgaba al asunto un morbo que ya era suficiente para cumplir las expectativas deseadas. Los martes era el día reservado para el sexo lésbico, en ocasiones no encontraba ninguna mujer dispuesta y tenía que pagar los servicios de una prostituta, todo valía con tal de no saltarse la rutina sexual. Cuando esto ocurría, los miércoles recuperaba el dinero invertido el martes disfrazándose de puta y cobrando por sus servicios. Los jueves, normalmente, Sara descansaba. Era un descanso necesario, el reposo del guerrero como a Sara le gustaba decir entre risas. Los viernes y los sábados Sara tenía libertad absoluta; las posibilidades del fin de semana eran tan grandes que Sara nunca quiso acotar en exceso la creatividad sexual de Lucía. Barra libre pues. Eso sí, los domingos eran sagrados. Normalmente, Sara y Daniela aprovechaban el último día de la semana para acompañar a Lucía en sus viajes sexuales; a veces iban las tres de caza y acababan compartiendo a algún afortunado. Fue, precisamente en uno de esos domingos, cuando Sara descubrió que la amistad que sentía por Lucía había dejado espacio a un sentimiento mayor. Horas antes habían entablado conversación con un cuarentón de aspecto adinerado. Lucía se encaprichó nada más verlo. Quizá fue su aire de autosuficiencia o su innegable atractivo, o puede que para Lucía aquello fuese un reto y que delante de sus dos amigas quisiera demostrar todo su poderío con el género masculino. El caso es que la joven no se lo pensó dos veces, fue verle y comentar: "Quiero a ése", y en poco más de tres minutos aquel hombre estaba pagando una ronda de cuatro copas. Sara se percató de lo encendido que estaba el cuerpo de Lucía. Aquella muchacha quemaba con sólo rozarla. Su mirada, llena de insinuaciones, disparaba bocanadas de sexo difícilmente evitables para cualquier ser humano. Aquél hombre, poco inhumano en ese sentido, tampoco pudo resignarse a su inminente sino sexual.
Una hora más tarde Lucía, ensartada por el falo del recién conocido, cabalgaba su cuerpo ante la atenta mirada de Sara. Daniela, reservada como siempre, optó por masturbase alejada de un cuadrilátero en donde no deseaba combatir. Sara tampoco deseaba esa pelea, pero algo le obligaba a presenciarla desde la primera fila. El cuerpo sudoroso de Lucía ,más bello que nunca entre los poderosos brazos de aquel hombre, empezó a convertirse en un castigo para Sara. Deseaba aquel cuerpo, y no sólo el envoltorio, empezaba a desear también el interior, y aquello podía ser peligroso. El hombre separó las nalgas de Lucía mientras hacía gestos inequívocos a Sara, pretendía que ésta acariciase el cuerpo de Lucía o, tal vez, iba más allá y realmente su pretensión era que Sara lamiese o penetrase el culo de Lucía, que él dejaba expuesto y libre para deleite de sus ojos. A Sara le entusiasmaba ver gozar a Lucía pero, para su desgracia, también empezaba a dolerle ver cómo su querida amiga disfrutaba unas caricias y unos besos que no eran los suyos. Lucía estaba enloquecida, su sexo, completamente dilatado y humedecido, aprisionaba aquel pene hasta estrangularlo. La joven disfrutaba de una verga enorme y rugosa, repleta de venas que parecían querer estallar destrozándolo todo a su paso; una verga que martilleaba su sexo sin descanso y que, a su vez, castigaba sin escrúpulos los sentimientos recién nacidos en el corazón de Sara.
Lucía, ajena a todo, animaba a Sara a participar en aquel encuentro sexual. Con frases sucias, incluso retadoras, le invitaba a unirse al futuro orgasmo. Sara, excitada pero sobre todo deseosa de que aquel hombre dejase de follarse a su amiga, decidió terminar rápidamente con aquella cópula. Se mojó los labios, atusó su pelo y guiñó su ojo derecho. Acto seguido se agachó y, tras sacar la polla del coño de Lucía, con sus dos manos se apoderó de aquel enorme falo y empezó a masturbar al hombre con una rabia y fuerza que hicieron que éste, casi sin darse cuenta, eyaculase en las manos de Sara a los pocos segundos. Aquello dejó a Lucía un tanto insatisfecha, al hombre gratamente sorprendido y a Lucía feliz. ¿Daniela? Daniela siempre fue a lo suyo, como tantos otros.
Aquello sirvió, como ya he comentado antes, para que en Sara despertasen las cuatro malditas letras que todo lo estropean. No obstante, no todos los fines de semana sucedía algo parecido. Si el clima no acompañaba, o a una de ellas, por cualquier motivo, no le apetecía demasiado salir, acababan alquilando una película pornográfica y masturbándose entre ellas. Habitualmente se sentaban las tres juntas en el sofá, delante de la televisión , tras calentarse durante unos minutos con las imágenes, la ropa iba desapareciendo lentamente y, tarde o temprano, acababan metiéndose el dedo las unas a las otras hasta alcanzar los orgasmos deseados. Esos fines de semana eran los que más disfrutaba Sara. En casa, con sus dos amigas... cercana al todo y alejada de la nada.
Pero el todo se fue resquebrajando sin motivo aparente. Puede que nunca llegase a ser un todo salvo en la mente de Sara, o quizá para ella sí era un todo que para Daniela y Lucía era pasajero. Dos meses después la nada pegó un portazo en la casa y lo inundó todo. Lucía desapareció sin dejar rastro. Y sin Lucía todo era nada. Un nada en mayúsculas. Sara enfermó a los pocos días, al abrigo de la esperanza se mantuvo con fuerzas durante tres semanas, justamente hasta que Daniela le confirmó que Lucía jamás volvería. Había vuelto a su pueblo, en busca de un viejo amor y no tenía intención alguna de volver. Al parecer, había decidido dar carpetazo a su vida pasada y, dentro de esa carpeta, estaban Daniela, Sara y todo lo vivido. Entonces el abrigo de la esperanza quedó hecho harapos, y la única prenda que cubrió a Sara fue una depresión que la mantuvo encerrada en casa durante días. Pocas semanas después fue Daniela quien se marchó harta de todo, poco importaba ya. El sueño y las ilusiones de Sara se habían ido escondidos en la maleta de Lucía, dejándola hueca por dentro y envuelta nuevamente en la nada más absoluta.
Un día lluvioso Sara reaccionó. Pensó que si había tardado veinte años en conocer a Lucía, bien merecía la pena esperarla otros veinte más. Y así, esperando, pasaron otros veinte años más. Veinte años con sus mañanas, en las que se asomaba a la ventana esperando su llegada. Veinte años con sus tardes, calurosas o lluviosas, en las que Sara, pegada al teléfono, esperaba una llamada que nunca llegó. Y veinte años con sus largas noches... Una de esas noches Sara soñó con Lucía y, durante todo el tiempo que ese sueño ocupó la mente de Sara, fue inmensamente feliz. Entonces comprendió que, mientras esperaba, la mejor manera de hacerlo era dormida, con la esperanza de volver a soñarla. Los días cada vez fueron dejando más paso a la oscuridad absoluta, en ella buscaba el alivio y el descanso necesario para afrontar esa tensa espera. Comenzó a dormir más y más hasta que acostumbró a su cuerpo a dormir cerca de catorce horas al día. Las otras diez, las dedicaba a caminar por la calle en busca de su todo... hasta que llegaba un momento en el que, desfallecida, caía nuevamente rendida en el alivio de un sueño profundo.
Envejecida por el paso del tiempo y una espera cruel e interminable, a los veinte años de la marcha de Lucía, Sara abandonó la casa. Durante varios días vagó por las calles sin un rumbo fijo hasta que ella misma se dio cuenta de que la espera había terminado y de que la misma, lenta y silenciosamente, había terminado con ella. En ese preciso instante tuvo un momento de lucidez y alquiló un piso en donde poder descansar. En una cuarta planta.
FIN. |